martes, 27 de noviembre de 2007

C'était un rendez-vous

No voy a entrar en categorías morales. Esta película es increíble. Cuando Claude Lelouch -parisino de 1937- terminó de rodar Si c'était à refaire en 1976, decidió invertir los 9 minutos que le habían sobrado de cinta en rodar un capricho exhilarante y peligroso.

Los que conozcáis París la disfrutaréis quizá un poco más: de la Péripherique a la altura de La Défense al Sacré-Coeur en 8 minutos y pico (el mayor temor que tuvo Claude, según cuenta, es que se le terminara la cinta antes de llegar), a 150 kilómetros por hora, en una sola toma y sin efectos. Abriendo, una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine para algunos (un corazón latiendo, un motor italiano); cerrando, el amor (que no se escape).

lunes, 26 de noviembre de 2007

Diario Drástico del Chico Estudioso que Escuchaba a Nirvana

Parte I: La melancolía ha parido

Supongo que todo se debe a la obscurity. Algunos días, la pared de mi cuarto no es más que un muro empapelado de fotos en blanco y negro, impresiones sobre papel mal recortado en las que un impetuoso post-adolescente –yo– idolatra a Marcos, al Che y a otros exvotos del progresismo. Otros días, viéndola desde mi cama, mi pared se me hace el más fantástico de los medios de masas; un ágora pintarrajeada de graffiti reivindicativos, paridos de la espontaneidad simbólica, del instinto político fresco, agudo, sonriente, interdisciplinar (mexicano y argentino se codean con Michael Stipe, Borges, Joaquín Sabina o Juan Ramón). Esos días, las ideas y la discusión en mi cuarto sonríen sin enseñar los dientes; y parece que ese día, ese día en que me siento orgulloso de pegar fotos en una pared blanca, todos los hombres, mujeres y cosas van a encontrar su lugar adecuado en el mundo.

Es la obscurity, la oscuridad. Karel Reisz adaptó a la pantalla la novela de John Fowles, La mujer del lugarteniente francés, un excelente trabajo que muchos cinéfilos han beatificado como preciso ejemplo cinematográfico de la intersección de acciones, solidamente apuntalada en una sorprendente edición. Recuerdo una escena en la que cierto psicólogo confiesa al enamorado Jeremy Irons su diagnóstico respecto a la mujer del lugarteniente francés, hembra huidiza y melancólica interpretada con frialdad minuciosa por Meryl Streep. Según el doctor, son tres las melancolías patológicas que afectan a hombres y mujeres: una “melancolía circunstancial”, propiciada por un suceso traumatizante o una situación opresiva; otra “melancolía natural”, inscrita de alguna forma en nuestra sangre desde el día en que nacemos; por fin, la más impredecible e inquietante, la “melancolía oscura” (obscure melancholy), opaca e impenetrable, cálida y oscura como una capa y calma como las nevadas tranquilas.

De esa oscuridad ya me habló una mujer a la que amé. Yo había coqueteado con ambas, había disfrutado de los besos de la oscuridad antes de que Irene me incendiara con los suyos. Ella temía ser una víctima de la obscurity, y alguna vez sollozó en mi regazo mientras la noche paría a la mañana. Pero el llanto de la luz recién nacida terminó acallando el suyo, y años después –ambos, ella y yo- le hemos perdido el miedo a la oscuridad y a la melancolía y, por contra, solemos celebrar con la tinta o el movimiento, calladamente, esa nevada tranquila y cálida que preña la tierra de palabras y gritos; esa manta de recuerdos, ese cáliz de indiarios frutos futuros, esa noche de la que nace el día llorón, coñazo y risueño. En mi vida dorada y mediocre, casi aristotélica, las horas vivas y las horas oscuras se conocieron bailando un tango. Seguiré riéndome de mi sombra, pegando fotos en la pared, escribiendo en la cama, jugando al fútbol, fumando si me apetece.



La imagen se tomó prestada a streborm


jueves, 8 de noviembre de 2007

Pyxidium

Iván Rivas vuelve por sus fueros con un microcorto de apenas tres minutos y medio: Pyxidium. No sé si recordaréis, pero hace algunos meses presenté en este blog su primer trabajo, Hikikomori, que no se presentó a concurso alguno pero tuvo un lucido estreno en un conocido bar madrileño...



Iván tiene un pequeño universo inquietante y doloroso que poco a poco toma forma. Narrativamente le quedan caminos que recorrer, pero, en mi opinión, la factura de sus trabajos es estremecedora.

Con Pyxidium, Iván ha sido seleccionado en NoTodoFilmFest, junto con algunas decenas de microcortos más. Podéis verlo ahí, descargarlo y dejar la crítica que os valga. Disfruten a discreción.

martes, 30 de octubre de 2007

Les pétroleuses

Lo menos que Serge esperaba esa noche desleída de junio era una llamada desde España. Al otro lado de la línea una voz bien conocida, quebrada por el orgullo. BB lo dejaba, sin más (antes, las gestiones por teléfono era mucho más sencillas que ahora: fulminantes). Llamaba desde un lustroso hotel sesentero de playa, La Parra, en un pueblo cualquiera con nombre de agua dulce. Andaba por esa esquina del continente rodando una película con Claudia Cardinale, Las Petroleras, un western femenino y risueño. Quizá al lado de ella, apoyada en el quicio de la cabina, estaba la otra petrolera, la italiana, dándole ánimos como una adolescente compañera de cabalgada. Quizá por eso, o por sentirse muy lejos de él, muy al sur. Tan al sur que por mucho que Serge hundió la voz hasta los codos, sólo recibió del teléfono un silencio intermitente.


Para allá me voy yo ahora mismo, a reirle la gracia a la Bardot (y llorarle un poco al pobre Serge), buscando irremediablemente, como siempre, mi esquina dorada del sur este, de este sur.


Une nuit que j'étais
A me morfondre
Dans quelque pub anglais
Du cœur de Londres
Parcourant l'Amour Mon-
Stre de Pauwels
Me vint une vision
Dans l'eau de Seltz

Tandis que des médailles
D'impérator
Font briller à sa taille
Le bronze et l'or
Le platine lui grave
D'un cercle froid
La marque des esclaves
A chaque doigt

Jusques en haut des cuisses
Elle est bottée
Et c'est comme un calice
A sa beauté
Elle ne porte rien
D'autre qu'un peu
D'essence de Guerlain
Dans les cheveux

A chaque mouvement
On entendait
Les clochettes d'argent
De ses poignets
Agitant ses grelots
Elle avança
Et prononça ce mot :
Alméria...!




domingo, 14 de octubre de 2007

Ligera poesía despechada y tropical

Esto fue para X.


Órdago a grandes

No seré el primero ni el tercero
en gritar puta y después te quiero


¡Qué cojones
ni que escuela de Sabina o corazones!
Carlos Chaouen y su flema
no resuelven mis amores

Cuatro pibes o tres reyes
más la una no me salen
Es verdad que en el Caribe
estos juegos ya no caben

Ahí detrás de la jutía
sembré un ramo de mameyes
llegué tarde el quinto día
y se lo comién los careyes

No me reprochen así
que haya caído de nuevo;
la tercera y no vencí,
pero de ésta saldré entero.


Soneto con restregón

Con el bisturí de tu enseñanza
me abriste en canal las penas
nunca quise pensar mal
ni cortarme la melena

Ya vacié los armarios
cerradas van las maletas
este año seré asceta
fiel, gélido o incendiario

No me importa que te hayas
acostado con doscientos
Siempre que puedo me invento

las mentiras que no callas
No me mata que te vayas
si me crees cuando te miento

El olor que secó el viento
me trae tu coño canalla

sábado, 13 de octubre de 2007



Replico a NáN: los amigos, cada vez más extensos, más viejos, más primos. Cada vez menos guerra, cada vez más trinchera. Ahí me gustaría estar, codo con codo. Sí, definitivamente, parece que hay cosas que van bien. Abrazos a discreción.

viernes, 7 de septiembre de 2007



Melancolía, de Julio Alfredo Egea (Chirivel, Almería, 1926), de su libro Desde Alborán navego (2003).

jueves, 16 de agosto de 2007

sábado, 14 de julio de 2007

Cuánto ruido fuera


Cuánto ruido fuera,
ruido de sol y de maleza,
de letras que entrechocan
como sables mal afilados.
La galería inundada
con una normalidad de macetas.

Cuánto silencio dentro
esta mañana calma.
Los brazos apoyados en
la baranda
(de acero negro, aún frío)
que sujeta a una soledad
mimada y torpe.

Tu beso como el vaho leve
de los vencejos de ayer tarde,
lejano, atravesando la meseta,
anidando en mi boca,
tan jugosa a veces de ti,
tan mezquina, a veces, de mí mismo.

Cuanto ruido, a veces, en la calle;
pararse en el silencio antiguo.

Vuelvo adentro, a la cocina,
la vieja mesa tapizada de restos de vino,
de mapas con pepitas de melón pegadas,
de poemas mojados, de cartas del banco,
de postales, siempre postales
urgentes de ciudades cercanas.

Extiendo los brazos, y, lentamente,
empujo las cosas hasta que caen,
y aparece, bajo el barniz, la esquina
donde grabábamos nuestros nombres,
y dibujábamos, silenciosos, el vacío
callado en que todo nos cabe.


La foto es de una corrala en Lavapiés y la hizo Lara

domingo, 8 de julio de 2007

La música innombrable

Más música de un género al que no sé ponerle nombre (y falta no hace, postbrit?, nouveau-80's?, neoglam?).

Más música que, sospechosamente, llena las salas de conciertos con gente cinco años más joven que yo. Es como cuando vas en bici y alguien te lanza a destimpo las llaves de casa desde lo alto del puente. Llueven temas, bandas y conciertos a mis espaldas. Mi hermano (y otros) me los tiran desde lejos o cerca y yo me sigo emocionando, pero no los veo llegar, no sé cómo se llaman, ni cómo se encuadra su música. Un mínimo de distorsión de guitarra, o ni eso, da igual, yo ya disfruto como (o más que) los que tienen cinco años menos.

Caesars, banda sueca que comenzó aparentemente como un grupo de garage-rock y derivó en el pop post-Oasis, con marcas distintivas como los melismas inconfudiblemente británicos y riffs transparentes y mántricos (de guitarra u organillo) que se vienen repitiendo en todos los grandes temas de esta nueva hornada de pop innombrable. Muse, clásicos ingleses, abrieron camino, pasan más de lo brit y se oscurecen en los mantras ochenteros, progresivos, teatrales (¿puñaíto de gótica?).

Qué manera esquizoide, de verdad, de interpretar la actualidad musical extranjera (si podemos llamar actualidad al 2001). Cualquier chaval que compre la Mondosonoro pensará, con toda la razón, "¡de qué está hablando este tío?" Me da igual, en realidad, ponerle nombre a todo esto, es la personalísima interpretación de un ya joven adulto que nunca supo de música, que no tiene tele y que pasa sus fines de semana en el campo.

Me basta saber que en un par de clics estaré de nuevo en contacto con lo eléctrico, rodeado de gente gritando cosas incomprensibles en un concierto de una sala que ni conocía:





Jerk it out, de Caesars, de su disco Paper Tigers (2005)





Plug in Baby, de Muse, de su álbum Origin of Symmetry (2001)