lunes, 11 de diciembre de 2006

El Mayimbe y el monstruo

Otra mañana más le parecían las rodillas llenas de alfileres a Manuel Juan, el compadre, el Mayimbe. Salió de la casita turquesa de maderas deshilachadas y sorteó los colchones que anteanoche había sacado a toda velocidad del fondo de la cañada él, con ayuda de Yamir y el compadre Serafo, porque se los llevaba el agua. Mardita agua der diablo, que no parará, qué fue. Pero los nublos se habían desaparecido, brillaba de nuevo el sol. Con gorra del Licey desandó la mañana en dirección a la playa, donde a lo lejos podía distinguir un tumulto de muchachitos. ¿Que están limpiando es, Yoleris? pregunta, No, Pedro Juan, responde, atándose rulos en el pelo, sentada en la puerta de la casita rosa, desinteresada y madrugadora, es un pescao que apareció en la playa, una ballena, tan locos los muchachitos arrancándole la carne. Manuel Juan, que había pescado toda su vida hasta que un ancla le partió un tobillo, arrancó para la playa, saludando a los pocos que aún arreglaban techos y las doñas que colaban café. Casi todo El Tablón había bajado a la playa, a ver el pescao.

La Reflex funcionaba como la seda. El objetivo echaba humo y al fotógrafo le temblaban las manos.

Fue de casualidad que se enteró. Sabatini desayunaba café bien temprano en Los Cubanos, un café solo más malo que el diablo. Apareció Ramón, uno de la turística, un corrupto, sedicioso y malencarado policía de campo, de uniforme sucio y chiste fácil, que se había encargado de llevar a comisaría su carro el último accidente que tuvo, borracho. Hablando con el cubano, Ramón mencionó que en la playa de El Tablón había aparecido un animal enorme, de diez metros y más de dos mil libras que ni los más viejos conocían. Bah, bah, el cubano pidió excusas por el amargor del café y a Ramón lo despachó; éste rezongó un ya tú sabes y se marchó bamboleando la porra y mirando las esquinas. Sabatini no quiso aceptar el nuevo café, pero tampoco quiso pagar, el cubano hizo como que no le importaba. Sabatini sudaba ya como un cerdo a esa hora de la mañana. Suerte que llevaba la Reflex en el carro. En la playa todo era lodo, basura y niños gritando. Y allí estaba, tumbado en la playa, el animal.

Yamirito fue el primero que lo vio, porque bajó a la playa bien temprano para empezar a desenterrar la lavadora que se había llevado la lluvia. Estaba en la curva del riachuelo, atrancada, la habían visto la noche anterior, justo antes de que dejara de llover. Bajó descalzo, sin poloché y asustando a los gatos todavía medio ojerosos. Llegó a la boca del río en la playa, y allí estaba eso. Lo vio de refilón, brillando al sol. Se acercó, sin miedo: era un pez grande, o una ballena. Le dio patadas, y entonces sintió curiosidad porque su carne no era carne, era grasa o jabón. Luego buscó los ojos, y vio que colgaban en hilos de carne y eran de color oscuro y blandos. Eso era una ballena que murió hace mucho, pensaba, cuando oyó gritos de otros muchachitos que se acercaban. Rodrigo, el Chino, Pollo Flaco, el Tatico. Ninguno se atrevió a tocar al animal, a ellos les daba miedo o asco o las dos cosas. A Yamirito le gustaba el olor de la carne, olía a mar y a guiso.


















El viejo Mayimbe palpaba el morro del animal, que lucía peludo y alargado y tenía púas que sobresalían. No eran barbas de ballena. El niño arrancaba trozos de la carne grasienta, que se deshacía en las manos. Se metía pedazos en la boca y decía “está bueno” y los amigos perdieron el miedo y terminaron por arrancarle las aletas, o lo que parecían aletas. El gringo gordo gesticulaba como un loco. Pidió al Mayimbe que mantuviera la boca del animal abierta.

-Don, agárreme eso ahí pa que haga una foto. -Esto no se vio aquí jamás, dotol, respondía el Mayimbe mirando dentro de la boca del animal. Los fogonazos de la Reflex le hacían daño a los ojos, porque el Mayimbe no estaba acostumbrado a que le retrataran. La boca jiede. Esto tenemos que sacarlo de aquí. -Don, hay que traer a la policía, déjeme yo hacerle más fotos. El animal se lo tienen que llevar pa Santo Domingo. Pa la universidad. -¿Tú eres loco?

Los muchachos le arrancaban algo que parecía piel, y se restregaban bolas de una grasa pestilente. Algunas doñas preguntaban por el monstruo, otras se persignaban. Sabatini quería llamar por teléfono a alguien, pero no sabía a quién. De todos modos no tenía ni batería ni cobertura en el celular. Al carajo. Hizo fotos de los niños saltando por encima del engendro y siguió sudando, la calva al sol y los pies en el agua salada y sucia, tratando de esquivar los trastos que la corriente había arrastrado hasta la playa. Yamirito ya había sacado una aleta entera y con ella en la cabeza a modo de sombrero, se encabalgó en el lomo de la bestia. Los demás habían perdido el miedo y lo empujaban para quitarle el lugar.

Yamir padre apareció con los tígueres. Traían los machetes y carretillas. Hablaron con el Mayimbe, se hicieron unas fotos con el gringo, espantaron a los niños y cortaron al ser en lonjas gruesas, que se doblaban como si fueran de mantequilla. Algunos preguntaron por la ventresca, pero no había; otros querían los huesos, que no tenía. Don Mariano, que había sido chef y doctor en su juventud, quiso el hígado y las huevas, pero no los encontraron.

Como quiera, el barrio se alimentó del ser por más dos días. Los hombres y mujeres olvidaron las lluvias y las tormentas. Asaron en sus casas o en la playa, al sol o a la atardecida, las entrañas del desconocido animal. Algunos enfermaron y vomitaron, pero no les importó. Otros descubrieron que los ojos, convenientemente aliñados con limón y bija, eran un manjar exquisito. Todos comieron hasta que no quedó nada, entre música, gritos, eructos y risas. Y Sabatini. Sabatini tropezó en una goma de carro mientras hacía fotos. La Reflex se le escurrió de las manos y cayó al río, hundiéndose lentamente entre el lodo y la mierda.


Foto de Lino Dalle Vedove (c)

2 comentarios:

Okr dijo...

Yo soy más de carne, ya tú sabes.

ola dijo...

hmmm... huele a caribe... es ahí donde es posible? lo de desandar las mañanas, se puede hacer? lo has probado? otra razón para ir...