domingo, 14 de septiembre de 2008

Cuaderno de Yucatán (1)

Gerardo


A Gerardo tuve que esperarlo un par de horas bajo una pérgola, Corona en mano, a las puertas del aeropuerto de Cancún. Hacía años que no pasaba diez horas en un avión y resultó lento pero agradable: el mismo océano craquelado de olas heladas, el mismo cielo oblongo que asusta, la misma compañera de viaje, guapa, fresa y sencilla. Escribí algo, mientras anochecía y las familias de turistas (padre italiano, madre americana, niñas rubias políglotas) desaparecían en sus coches alquilados; luego tuve que dejarlo porque me faltó la luz. Fumé, bebí cerveza y esperé a Gerardo, eso es lo que hice recién llegado al país. La humedad hacía difícil respirar, pero nada comparado con el puñetazo que es el sofoco de las Antillas. Había ya insectos, y pájaros grandes que venían a curiosear a mi mesa; la selva violeta asomaba más allá de las vallas del aeropuerto. Yo observaba todo alucinado. Esperé mucho, y en un momento pensé que me habían olvidado allí. Por primera vez en mi vida, me dije: «¿qué hago yo aquí?» Y «¿cómo se me ha ocurrido, con la excusa de ver a alguien que fue mi amigo hace ocho años, enrolarme en un campo de trabajo en la selva , yo, traductor, fumador, felizmente emparejado?».


Iba ya por la segunda mitad del paquete de Marlboro cuando el Nissan Sentra azul cielo de Gerardo apareció dando claxonazos. Lo primero fue reírnos. Gerardo dejó el coche en medio de la calzada y salió, brazos abiertos, carcajeándose; yo hacía lo mismo. Estaba más gordo, más cuajado; en fin, no lo veía desde sus veinte años. Me contó y le conté, fumamos juntos, nos observamos las arrugas, las canas (las mías). Del viaje en el Nissan camino de Playa del Carmen, donde íbamos a pasar la noche por no deshacer las cuatro horas de camino hasta Mérida, recuerdo la oscuridad de los accesos desolados a la autopista, luego el infierno de camiones, retenes de policía, badenes indiscriminados, soldados, taquerías lúgubres a uno y otro flanco. Las ventanillas bajadas, el motor rugiendo, la humedad y el jazz. Porque Gerardo se ha convertido en un capo del jazz, en México y en Estados Unidos, desde que en 2000 en Iowa lo vi comenzar su colección de disquitos, que amontonaba en la cómoda de su cuarto: ahora organiza festivales del free jazz más salvaje en su ciudad natal, trae a jazzistas checos y gringos a su rincón del Caribe, y llena locales destartalados de mexicanos veinteañeros ávidos. Además de padrino cultural, es abogado y no teme a la policía: fumaba en el coche, un toquecito cada vez, y me explicaba que saberles a los agentes es cuestión de aplomo y, puede ser, mordidita. Así recorrimos los y pico de kilómetros: sus proyectos, su trabajo, su novia, sus ex, mi casa en la montaña de Madrid, mi trabajo, mi novia, mis ex. Y el jazz, humo, viento negro, verde y mojado, gasóleo.



Playa estaba algo desolada. Es una ciudad pequeña y turística, me hizo pensar en un Cabarete dominicano a medio hacer, sin surferos ni mulatas ni perreo. Naufragamos en el Cowboy's, un hostal decente con tienda de botas vaqueras y aire de antro o antro gay (yo tenía pensado buscar el hostal del amigo de una amiga de Madrid, pero ni modo), y nos echamos a la calle a darnos un banquete junto a la playa: langostas y micheladas. Luego fuimos a buscar el Caribe: lo toqué de nuevo, años después, de noche; la arena, casi harina, refulgía. De vuelta en la habitación del Cowboy’s, un par más de toques y aire acondicionado. La mañana llegó rápida: hice foto a Gerardo sobado en calzones y a la decoración surrealista de la habitación (jaguares y pistoleros) y me fui a la calle a desayunar fruta y cambiar mis euros.



El plan era visitar las ruinas de Tulum y volver a Mérida a la tardecita. Tulum fue un centro comercial y marítimo del período maya postclásico, contemporáneo a la llegada de los españoles. Hoy día quedan unas ruinas espectaculares, quizá paradigma de algo paradisíaco que imaginamos alguna vez debió de existir. Se trata de un templo de piedra, rodeado de campos de ruinas y muros, que se asoma a un acantilado sobre el Caribe, a cuyo pie se extienden playas de arena blanca. Es espectacular tan sólo quedarse allá, dejarse devorar por el turquesa del agua y el verde del bosque, y apoyar la espalda desnuda contra la piedra caliza y fría. Imaginar las enormes canoas mayas que, cabotando, recorrían la costa de la península con sus comercios. Aquí descargaban la mercancía, aquí se pedía a los dioses por la lluvia y la prosperidad, de aquí partían las caravanas de arrieros a pie (no tenían caballos, ni bueyes) hacia Chichén Itzá. Sobrecoge imaginarse vigía y creer distinguir sobre la raya del horizonte unas canoas enormes con grandes trapos desplegados y enseñas desconocidas. Cuesta intuir la vida aquí y entonces, en ese tiempo: una vida cotidiana, una rutina como la de ahora (trabajo, lavar platos, regar jardín, comprar tabaco) pero en clave indígena y antiquísima. Pero fui capaz hacerlo y me gustó: trasladarme a un viejo vigía maya aburrido y feliz, con nombre, familia, cuarenta y cinco años y un doloroso bulto en el tobillo desde hace días, su emplaste de hierbas bien apretado.



Lo peor fueron los turistas: estaba abarrotado. Nos bañamos en un Caribe caliente y agobioso, continuamos contando historias, haciendo chistes, mirando a las gringas. Me explicó la historia de sus dos tatuajes mayas (la madre chiapaneca), de capo marcado. Fotografié las ruinas y las iguanas y, asfixiados, volvimos al coche. Mi vigía se quedó, con su tobillo enrabietado, terminando su turno por si volvían a aparecer los españoles.



El viaje a Mérida fue delicioso. Corría el tabaco y el aliño, sonaba el jazz y yo apoyaba los pies sobre el salpicadero y sacaba las mejillas al aire. Las carreteras en Yucatán son eternamente rectas, porque la península es absolutamente llana: una losa caliza de miles de kilómetros cuadrados. En esa raya que atravesaba la selva fue imposible aburrirse, sin embargo: habíamos comprado unas latas de Modelo, y luego la música, el extático rumor diesel, la jungla comiéndose el asfalto, el intenso acento yucateco de Gerardo, su penetrante manera de contar las cosas y el país, el sol derramándose sobre una línea verde violeta. Y los pueblos: sus gentes, sus iglesias, sus cementerios, las plazas coloniales (el traqueteo del adoquín), las iglesias españolas, los carromatos rebosantes de maíz, los cebúes, los paisanos en bici, ya entre dos luces. Conducir de anochecida (por carretera y no por autopista de pago) da esto; es una inyección directa, por las venas de un lugar.





Y Mérida la blanca, el monstruo urbano del sureste. Cuando llegamos era ya noche cerrada y los brillantes arrabales se descosían por las esquinas. Desde fuera, con sus accesos e hipermercados libaneses, parecería una ciudad cualquiera, hasta europea (es el camino global, de fuera adentro), luego en los giros e intersecciones, en el barrio y la residencia, revienta lo de dentro: el asfalto es casi tierra, la acera es gris, los perros aúllan, el aire huele a cherna y a flamboyán, y el yucateco mira entre las chelas, no con la chulería antillana, más bien con lo inquisitivo del vigía de Tulum y su tobillo abultado, con su rutina interior. «Pinche PAN, mira cómo anuncian el show de Plácido Domingo en Chichén: "El artista más grande de todos los tiempos". Así nos tratan, como a pobrecitos pendejos con ansias de parecernos a otros que no nosotros mismos. ¡Nos lleva la verga!», ladra Gerardo, señalando con una mano una gran valla publicitaria, apagando el toque con la otra, el volante solo entre la tierra y el asfalto y el humo.




Más fotos en http://miguelmad.fotopic.net

martes, 19 de agosto de 2008

Juego del regreso



Deberán obviarse las cuestiones de siempre,

los matices y posiciones de siempre.

Se habrá de ser gentil,

actuar más que hablar,

permitir que a uno le pregunten.

No tomar pose.

Agarrar la copa de vino como siempre,

fumar lo mismo

(ni más ni menos).

Guardarse los recuerdos.


Se deberá ahuyentar al insomnio

como víbora nauyaca,

o dejarle que lo muerda a uno

sin prisa ni demasiadas dudas.

Digerir como las boas.

Durmiendo.

Desapareciendo.




La piedra dejará escapar,

poco a poco,

su azulado brillo entre mis ojos.

Os llevaré entonces

la calma honda de la ceiba,

la sonrisa de cien niños

(el dulzor picoso de su idioma),

la conciencia de la propia fragilidad

(del cuerpo breve, extenuado),

el ser uno mismo veinte

y también uno

(y estar lejos y cerca de

algún centro que imagino).

El esfuerzo telúrico y verde,

lo terrible de nuestra naturaleza,

la brújula prístina que sobrevive.


No sé jugar de otro modo el regreso.

jueves, 10 de julio de 2008

México

No he vuelto a ver a Gerardo desde aquel tiempo (principios de siglo), aunque hemos mantenido un contacto poco frecuente pero cercano a través de Internet. Hace cosa de un año, cuando Lara y yo andábamos derritiéndonos por Lavapiés, me mandó un mensaje de correo electrónico contándome que justamente tenía un amigo en Madrid en esos días que se había quedado algo descolgado: acababa de terminar unos cursos de posgrado (un tour por parques nacionales españoles con un grupo de biólogos del que formaba parte), la habían cambiado un vuelo de fecha y andaba vendiendo pulseras huicholes en el Rastro. "¿Sí lo podrías alojar un par de noches?". Accedí encantado. Karín resultó un tipo estupendo con el que compartimos algunas horas, más de las previstas, porque Lara y yo perdimos un avión que nos debía llevar a una boda en Jerez y tuvimos que volver a casa, donde estaba Karín terminando de instalarse. Le contamos la contrariedad y charlamos animadamente un rato. Y le compramos un bolsito huichol, de los que se llevan en el rito del paso a la edad adulta, y una pulsera con flor de peyote. A cambio, se quedó con nuestra camota para él solo y nosotros fuimos a dormir a Zarzalejo.

Pasaron los meses y Facebook, ese club virtual de reencuentros, fotos y desavenencias, se convirtió en la nueva puerta de contacto con el Trasatlántico. Me apareció Karín por ahí y en el primer intercambio de mensajes le envié abrazos para él y Gerardo y prometí visitar México más temprano que tarde. "Vente en julio. Mira lo que tenemos preparado", respondió Karín.



La oportunidad era única. Yo planeaba dejar la empresa y empezar como autónomo. Gerardo, después de varios años en México, se marcha en agosto para completar un posgrado en California. Y yo, nomás tenía dentro la quemazón del salto otra vez. Ver de nuevo a un amigo de hace tiempo, la selva maya, y un contacto verdaderamente cercano (y productivo) con una naturaleza y un pueblo fascinantes.

Por fin la América Latina continental. Por fin México.

¡Estaré de vuelta en un mes!

[La foto es del ejido Felipe Carrillo Puerto, cerca de Chemax, donde desarrollaremos el trabajo. Cortesía de Bioasesores Asociación Civil, de Mérida]

jueves, 3 de julio de 2008

Festival Cha'ak'ab Paaxil 2008
(Mérida, México)




Hace unos años viví en Estados Unidos. Uno de los recuerdos que con más viveza tengo grabado de ese tiempo es del día en que mi compañero de casa y posterior cuatacho, Gerardo Alejos (que alguno de vosotros conoce), me mostró su colección de discos, que mantenía pulcramente ordenada sobre una cómoda de su habitación. "Estoy empezando a juntar discos de jazz. Aquí en EEUU los discos son baratísimos y se encuentra de todo. Es fascinante".

Yo tenía bien poca idea de jazz: dixieland aparte, se me hacía difícil. Con él escuché algo más: Miles Davis, Thelonious Monk, John Coltrane. Las notas suaves se filtraban hora tras hora, a partir del atardecer, bajo la puerta de la habitación de Gerardo. Pusieron algo más que un sonido exquisito a esa covacha polvosa, ocre y cálida, en que siempre era bienvenido el plan mas improbable, la gente más inesperada, alguna chela fría y siempre el último spliff. Ese jazz fue la banda sonora de un inframundo reinante, oscurecido, más real que las banderas brillantes del campus y el hiphop de las fiestas de hermandad.

Gerardo apenas levantaba veinte años y al terminar el curso no tenía sitio en aquel mueble para tanto disco. Compuso además algunas coquetas piezas de guitarra grabadas en un radiocassette extra-lo-fi. Tomó en la universidad clases de historia de la música y del jazz. Creció de vuelta en México, y hoy, ocho o nueve años después de aquella declaración de intenciones, estrena su primer festival de improvisación musical, jazz libre, electroacústica, noise, organizado junto con el grupo de gestores culturales Dynamo Aktivität:

Cha'ak'ab Paaxil 2008 ("música libre", en maya)


Abre en Mérida (México), capital del Yucatán y ciudad natal de G. Durante cuatro días el Caribe mexicano podrá disfrutar una muestra variada y de calidad de estas músicas, especiales, únicas, inquietas, profundas.

Cuando escribo esto faltan unas ocho horas para que comience el primero de los conciertos. Si alguno anda de casualidad por ahí, que se asome. El jazzero que no esté, puede verlo en Mérida TV Online. No dejéis de darle un go. No deja indiferente, como poco.

Gerardo, además, me hará de anfitrión y cicerone por su tierra de aquí a pocas semanas. ¡Qué ganas, compañero! Y, ¡suerte! ¡Que lo disfruten!

sábado, 28 de junio de 2008






La sabiduría es un mito.






Yo elijo a los vencejos.





[Samaná_Bruselas_Cabo de Gata_Berlín_Marruecos_Ámsterdam_Madrid_Londres_Zarzalejo]

jueves, 26 de junio de 2008

The Story of Stuff (La historia de las cosas)



Un vídeo o documental didáctico en el que la profesora universitaria estadounidense Annie Leonard ofrece su perspectiva sobre los errores y falacias del sistema capitalista de producción y consumo en masa. Un éxito reciente de la blogosfera.

sábado, 24 de mayo de 2008




Me queda un corazón en Ámsterdam. Selva Ámsterdam, engaño Ámsterdam, Ámsterdam altar. Bajo los adoquines, sobre los puentes, cerrado sobre sus cogollos verde oscuro y sus quesos oro viejo, redondos y aplastados, sabrosos e inertes como el recuerdo.

Me queda un corazón de humo, a pedales, cuesta abajo; miro atrás para matarme, pero todo vale su sonrisa ubicua, sus brazos de niña amarrados al manillar (nunca fue tan obediente) en dirección a los canales en los que se ha levantado una tempestad.

Me queda el corazón entre las olas que tuercen las casas y limpian el humo y el sexo de las calles más oscuras más temprano que los barcos.

Me queda la embriaguez de bote rojo y carne. Y volúmenes de diseño, y puentes, y agua espesa, y el fuego antiguo, de cuando Calvino, y las casas de mar y monedas.

Marrakech veneciano y protestón. Ancla alada de galápago libertario. Me queda el corazón y la embriaguez atados a él, atados a tu bici, atados a tu pelo, con cintas como granizos o enseñas de un velero de tres palos y una cama.

Me queda una falacia: el tsunami en el canal. Las putas escogiendo quién pagará esa noche. El cannabis prohibido en interiores. Las fachadas, amplias como campos, una sola ventana en el techo, pequeño cielo común. Niños en el distrito rojo, camellos en los autobuses. Puerto cristalino, turistas amables, bicis de cuatro ruedas. Los coches, de una vez, al trastero, el holandés dulce como la leche.

Nosotros, criando a nuestros hijos, en una casa flotante (antigua, sin diseño) con azotea y geranios en lugar de tulipanes.

Me queda un corazón, entre flores, sobre el canal.

jueves, 15 de mayo de 2008

Él se hará contigo

El podrá.

Se inclinará sobre ti como buscando luz de ventana,

caído y desesperado por su vida y por su noche,

Persiguiendo el último destello de su noche, que se va.

Palpará tus muslos como quien deshoja un calendario.

Entrará en ti como quien sube a un tren.

Y tú apretarás su espalda entimismada.

Disfrutará de una película vista cien veces,

del último sorbo de champán entre los yelos,

y tú apretarás su cuello cariñosa.

Te fumará como a un cigarrillo,

y tú te desharás, humo satisfecho y azul.

Nuestros latidos, de normal acompasados,

a un ritmo en ese instante de miles

de kilómetros distinto.

De arrugas en tu sábana distinto.

Él podrá,

pero no conocerá la brisa bajo tu párpado.

La conjunción de tus lunares,

el martilleo de tu carne.

Se quedará

un minuto con el eco

de tu grito

pero no de tu sollozo

y tu palabra.

Mientras, yo, lejos, deshojaré la selva

como quien deshoja un calendario.

Perseguiré los aullidos hasta mi avión,

saltaré la verja de vuelta,

entraré a buscarte a la cocina.

Y tu sollozo y tu palabra

serán más dulces,

tan nuevos entonces,

tan obscenos,

tan buscando nuestra luz

en la ventana.

Cuarteto de Nos - Ya no sé que hacer conmigo



Como dice mi colega José, aguante el rock rioplatense.

Estos uruguayos se montaron el temazo hace años. Punk estiloso con todo el poder de la palabra escrita. Y un diseño de producción hipnótico, alucinante, de los que hacen repetir. Yo me vi el vídeo unas siete veces seguidas cuando los descubrí.

Gracias a José, que fue todo en su blog, Fragmentos.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Lettre à D. (Histoire d'un amour)

[...]

Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos, y todavía guardas la gracia deseable de la hermosura. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco he vuelto a enamorarme de ti y llevo en mi seno, de nuevo, un vacío devorador que sólo colma tu cuerpo apretado contra el mío. Por las noches veo a veces la silueta de un hombre sobre una carretera vacía que atraviesa un paisaje desierto. El hombre camina tras un coche fúnebre, y el coche fúnebre te lleva a ti. No quiero asistir a tu incineración, no quiero que me envíen un bocal con tus cenizas. Oigo la voz de Kathleen Ferrier que canta «Die welt ist leer, Ich will nicht leben mehr», y me despierto. Acecho tu aliento, mi mano te roza. A los dos nos gustaría no tener que sobrevivir al otro. Y nos dijimos que si, por imposible que parezca, tenemos una segunda vida, querremos vivirla juntos.

Carta a D. (Historia de un amor), de André Gorz (Viena, 1923 - Vosnon, cerca de Troyes, Francia, 2007)
[Mi traducción]

(En la foto, André y Dorine, en 1947)

martes, 11 de marzo de 2008

High Windows (1967)

When I see a couple of kids
And guess he's fucking her and she's
Taking pills or wearing a diaphragm,
I know this is paradise

Everyone old has dreamed of all their lives--
Bonds and gestures pushed to one side
Like an outdated combine harvester,
And everyone young going down the long slide

To happiness, endlessly. I wonder if
Anyone looked at me, forty years back,
And thought, That'll be the life;
No God any more, or sweating in the dark

About hell and that, or having to hide
What you think of the priest. He
And his lot will all go down the long slide
Like free bloody birds. And immediately
Rather than words comes the thought of high windows:
The sun-comprehending glass,
And beyond it, the deep blue air, that shows
Nothing, and is nowhere, and is endless.



Ventanas altas (1967)

Cuando veo a un chico y una chica

y sé que él se la folla y que ella

toma la píldora o usa diafragma,

sé que esto es el Paraíso


que todos los viejos soñaron vivir.

Responsabilidad y gesto dejados de lado

como una máquina de labranza vieja,

y todos, jóvenes, resbalando por el largo tobogán


a la felicidad, sin fin; me pregunto si

alguien me miraría hace cuarenta años

pensando: "Eso será la vida;

no más Dios ni sudar en la oscuridad


temiendo el infierno y así, o tener

que callar lo que piensas del cura. Él, y con él

su gente, bajarán por el largo tobogán

como putos pájaros en libertad". E inmediatamente,


más que palabras, nace la idea de unas ventanas altas:

el vidrio capaz de contener todo el sol,

y más allá, el aire azul profundo,

que no muestra nada, y no está en ningún lugar y es infinito.


Philip Larkin (
Coventry, Reino Unido, 1922 - Hull 1985)
[Mi traducción]


Philip Larkin, caballero del Imperio Británico, crítico de jazz,
pornófilo acusado de caer, con la edad, en el racismo
y el conservadurismo más rancios. Un tipo raro.
La viñeta la tomé prestada de The Man Who Fell Asleep

domingo, 9 de marzo de 2008

La Cuchara Chueca





Cocina de Mercado.

Éste es el lema de La Cuchara Chueca, el restaurante que desde hace pocos meses resplandece en su esquina de la calle Libertad 17 con San Marcos, en Madrid.

No es puro márketing ni una refundación culinaria: aquí se come bien, se come sano. Con cuchara, con mercado y con fundamento, por muy manida que esté la expresión.

Anduve por la inauguración, hace ya algunos meses, invitado por un buen amigo (que sus cucharas tiene metidas por esos fogones). Aquella jornada fue de arte: por el escenario (un blanco purísimo, sólo unas pocas mesas y propuestas de jóvenes artistas en las paredes), por la concurrencia (dábamos envidia a la gente del Bazar, justo enfrente, y eso que son los comensales del Bazar los que suelen dar envidia a quienes recorren la calle Libertad) y, sobre todo, por la comida. Volaron bandejas degustativas con todo tipo de manjares en miniatura: croquetas de chipirones, cocido (en chupito), solomillo de buey, atún fresco con pisto. No esperen fuegos artificiales. De mercado dijimos, señora.

Repetí hace un par de semanas, con Lara y con mi padre: disfrutamos de un ambiente tranquilísimo y de la atención cariñosa de Leyre, un jueves por la noche. En esa ocasión rodaron la merluza, el risotto de boletus y una deliciosa crema de calabaza. Satisfacción total de tres paladares exigentes, a los que se le avivó la lengua gracias en parte al exquisito Rueda, hasta las tantas.

No se lo pierdan.


(Abre de 13.30 a 16.00 y de 20.30 a 0.00 de lunes a sábado)

P.S.
El logo tiene su razón de ser, echando un ojo a la RAE:
chueco, ca.
(De chueca).
1. adj. Am. estevado.
2. adj. Cuba y Méx. torcido (‖ que no es recto).



lunes, 18 de febrero de 2008

POR QUÉ NO ME IMPORTÓ ESTUDIAR TRADUCCIÓN E INTERPRETACIÓN
En 42 reflexiones



1. Porque me apetecía hacer un examen de acceso después de Selectividad y me sentí estratosférico cuando lo aprobé.


2. Porque estaba convencido de que sería capaz de hablar 6 idiomas en 4 años. Después de ese tiempo, di gracias por seguir dominando el mío (y conocer dos más como para que me den de comer. para que luego te llegue un colega de un colega a decirte que inglés y francés, ¿nada más? que su primo estuvo en londres y viendo a españa en los mundiales de alemania y habla "perfectamente" 5 idiomas, y los cuenta con los dedos de una mano, y luego pregunta que si interpretar es como lo de la traducción simultánea con los casquitos y...)

3. Porque pensaba que la interpretación tenía que ver con ser actor. Luego me di cuenta de que, en realidad, sí, y mucho más de lo que había sospechado.

4. Porque de pequeño veía todas las series y pelis en versión original y sin subtítulos. No me enteraba de nada pero me encantaba porque sonaba como a otro sitio, lejos.

5. Porque donde los demás ven guiris, yo veo la oportunidad de "practicar idiomas", y todos los que encuentro por la calle me parecen simpaticotes/as y un poco perdidos/as, faltos de un amigo/rollo.

6. Porque me sé todas las canciones en versión original y nunca echo mano del 'niano niano' ni del 'whachuwaruwí'. Además, se las traduzco a mis amigos y se las imprimo en un papelito tamaño portada de CD.

7. Porque quería ser Indiana Jones (después de aquella escena en que el joven Indy habla 18 idiomas diferentes con una chavala que se queda alucinada. luego te das cuenta de que las chavalas de la facultad hablan siempre más idiomas que tú. chico listo. hala, a ligar a ambientales), pero a lo más lejos que he llegado ha sido vender tiques en la montaña rusa homónima de EuroDisney. (¡Y contento, eh!)

8. Porque puedo hacer interpretación simultánea cuando estoy viendo una película en versión original con mi novia y los subtítulos bajados de Internet desaparecen sin previo aviso.

9. Porque me encanta conservar los 5 diccionarios de inglés, 2 de francés, 1 de portugués, 3 de alemán, el de gramática, el de la RAE, de colocaciones, el panhispánico, el Alcaraz Varó, etc. Tengo hasta diccionarios de idiomas que no sé dónde se hablan.

10. Porque no hay nada mejor que pasarse horas y horas, incluso días y días, en una misma traducción sobre conocimientos de embarque y aranceles para una naviera de Alaska.

11. Porque en los exámenes de traducción te dejaban llevar todos los diccionarios y los glosarios que quisieras (o pudieras), y me encantaba andar todo el día cargado con ellos por la facultad.

12. Porque no teníamos apuntes, pero sí 1.700 páginas de tratados incomprensibles sobre asuntos tan abstractos como la psicolingüística, la pragmática o la terminografía lexicológica.

13. Porque teníamos exámenes que duraban 4 ó 5 horas en los que tan sólo se pedía traducir un artículo sobre la cría caballar en las planicies del Yukón y su impacto en la economía esquimal. Y te faltaba tiempo.

14. Porque me encantaba dejarme una pasta en The Economist y en Le Monde Diplomatique.

15. Porque sigo suscrito a The New York Times en línea, pero no sé muy bien para qué.


16. Porque me ahorraba una pastora gansa en tabaco, cubatas o jachís: bastaba para cubrir la jornada el colocón con el que salías de la cabina tras 25 minutos de simultánea sobre reglamentos comunitarios para buques de doble casco.

17. Porque me encantó empollarme los 153.000 phrasal verbs que existen en inglés.

18. Porque me flipó conocer todas las instituciones de la UE, su función, su presidente, vicepresidente y ministros de memoria.

19. Porque, desde mi paso por la facultad, mi capacidad receptiva no se bloquea (nunca, palabrita) cuando cambio bruscamente de uno de los varios idiomas que hablo al otro.

20. Porque mereció la pena, al menos durante un espacio de tiempo total de unos treinta y cinco sublimes minutos a lo largo de toda la carrera, haber sido capaz de escuchar un idioma, pensar, traducirlo, y hablar en otro idioma distinto, todo a la vez y correctamente. Gracias a ello, ahora estoy perfectamente capacitado de reservar hostales en Ámsterdam por teléfono (con encanto, baratitos, en el centro y que dejen fumar en la habitación), mientras discuto con mi novia, a quien la cama no le parece demasiado cómoda en la foto.

21. Porque sé que en el idioma inglés, injustamente desprestigiado por su supuesta simpleza, hay unos 763 verbos de movimiento dependiendo de cuál sea la superficie sobre la que te desplazas, lo cansado que estés o si piensas tomarte un Bitter Kas cuando llegues a tu destino o no, si bien nunca consigo retenerlos y tengo que mirarlos una y otra vez en el diccionario, aunque salgan 18 veces en el mismo texto. Igual con cualquier verbo que tenga que ver con los conceptos de "mirar", "sonreír" o "gesticular".

22. Porque mido el tiempo en traducciones: 'cuando acabe esta traducción voy a hacer la compra'.

23. Porque me encantaba no entender ni jota mis propias notas en interpretación. Siempre parecía que las había escrito otro.

24. Porque es normal que no me gustara el sonido de mi voz grabada en cinta tras una interpretación. Siempre parecía la voz de otro.

25. Porque me encanta seguir sin saber qué es la pragmática en tanto que campo de estudio de las implicaturas prácticas del uso del lenguaje.

26. Porque adoraba hacer cola en los despachos de los profesores para que te entregaran una traducción corregida. Luego te das cuenta de que esto es así sólo en la facultad, y que en las empresas te mandan traducciones corregidas, quieras o no, y cuando menos te lo esperas.

27. Porque traducción e interpretación fueron una buena excusa para viajar (la mejor excusa para viajar).

28. Porque sigo sin tener ni idea de quién es María Moliner, pero fue un placer usar su diccionario.

29. Porque me encantó conocer mundo cuando ser Erasmus era aún una aventura: no había ni euros, ni easyJet, ni España Directo, ni metro a Barajas, chateábamos por telnet o IRC y uno se emocionaba cuando tenía ¡5 mails nuevos desde España! en su cuenta recién abierta de Hotmail.


30. Porque para estar al día había que ver el telediario de las 5 a.m. antes de ir a clase.

31. Porque casi nadie estaba al día antes de ir a clase.

32. Porque siempre había alguien que estaba al día por todos los demás.

33. Porque he llegado a estar en aulas en la que nadie compartía mi inclinación sexual por la hembra (y eran aulas grandecitas...).

34. Porque, desde entonces, cada vez que hago una traducción a otro idioma consulto segundas opiniones a colegas guiris y los tengo agrupados en el messenger en grupos como "dublín", "bruselas", "erasmus" o "intercambio".

35. Porque se puso fin a la controversia sobre quién es el patrón de los traductores: ni San Jerónimo ni Alfonso X el Sabio. San Gúguel y Santa Güiquipedia son nuestros patrones.

36. Porque con Gúguel entendí lo que era la frecuencia global de una palabra, y llegué a confiar ciegamente en este bendito parámetro.

37. Porque quise llegar a ser intérprete en la ONU, eso sí, trabajando un mes al año y los otros 11 viajando o traduciendo literatura neozelandesa y guiones de Los Simpson.

38. Porque todos hemos soñado con ser freelancers, lo más cool de la vida, aunque después consista en estar en pijama todo el día, con el tabaco y el teclado como únicos compañeros, comer y cenar dependiendo de cómo vayas con la traducción, y perder un cuarto de hora en facebook o en tu blog cada vez que vas a mirar una palabra en un diccionario en línea.

39. Porque fue divertido comprobar que los catalanoparlantes y gallegoparlantes siempre habían creído saber catalán y gallego, hasta que empezaron a suspender catalán A1 / gallego A1 y sus respectivas posteriores asignaturas de traducción. También fue divertido comprobar que los no catalonoparlantes y gallegoparlantes en realidad no entendemos un carajo de esas lenguas, pese a la creencia popular (ah, sí, el catalán se entiende perfectamente si te hablan despacio. copón pa ti.)

40. Porque todos hemos querido ser localizadores de software, porque era lo más moderno, y hemos terminado pidiendo a gritos la aniquilación de la tecnología, y tablillas de cera y punzón para dedicarnos a retraducir las obras completas de Tito Livio.

41. Porque me encanta eso de: depende de quien te pague.

42. Porque el que vale, vale y el que no, en Filología cabe.

domingo, 17 de febrero de 2008

La melancolía de Zidane


[...]

El cabezazo de Zidane tuvo la inmediatez y la sutilidad de un ejercicio caligráfico. Si bien sólo fueron necesarios unos segundos para consumarlo, no pudo sobrevenir más que como término de un lento proceso de maduración, de una larga génesis invisible y secreta. El gesto de Zidane ignora las categorías estéticas de lo hermoso o lo sublime, se sitúa más allá de las categorías morales del bien y del mal, su fuerza y su sustancia no dan cuenta más que a una irreductible adecuación al instante preciso del tiempo en que ocurre. Seguramente, el acto llegó desde lejos, arrastrado por dos vastas corrientes subterráneas: la primera, de fondo, amplia, silenciosa, poderosa, inexorable, que nace tanto de la melancolía pura como de la percepción dolorosa del paso del tiempo, está relacionada con la tristeza del final anunciado, con la amargura del jugador que disputa el último partido de su carrera y no se decide a poner punto y final. Zidane nunca pudo decidirse a poner punto y final: nos tiene habituados a las retiradas en falso (como contra Grecia), o a las retiradas que no se consuman (contra Corea del Sur). Siempre le ha sido imposible poner fin a su carrera; mucho menos con elegancia, porque terminar con elegancia no es terminar: es clausurar una leyenda. Enarbolar la copa del mundo es aceptar la muerte, mientras que no retirarse dejaría perspectivas abiertas, desconocidas y vivas. La otra corriente que impulsó su gesto, corriente paralela y contradictoria, alimentada de un exceso de atrabilis y de influjos saturnianos, fue el deseo de terminar lo antes posible con todo, el deseo irrefrenable de abandonar bruscamente el terreno de juego y volver a los vestuarios (partí de repente sin avisar a nadie [i]), porque ahí está el hastío, súbitamente, inconmensurable; la fatiga, el agotamiento, el hombro que duele; Zidane no llega a marcar, no aguanta más a sus compañeros, a sus rivales, no aguanta más al mundo, no se aguanta a sí mismo. La melancolía de Zidane es mi melancolía, la conozco, la alimento y la sufro. El mundo se vuelve opaco, los hombros pesan, las horas parecen apesadumbradas, más largas, más lentas, interminables [ii]. Se siente rendido y, de repente, es vulnerable. Algo en nosotros se vuelve contra nosotros [iii] y en una borrachera de cansancio y tensión, Zidane no puede por más que acometer el acto de violencia que libera, o el de huida que alivia, incapaz de deshacerse de otro modo de la tensión que lo oprime (y es la huida final ante la consumación de la obra [iv]). Desde el comienzo de la prórroga, Zidane no dejó de expresar su cansancio de manera inconsciente, con el brazalete de capitán cayéndosele todo el tiempo, el brazalete que se afloja y que Zidane nunca termina de ajustarse torpemente sobre el brazo. Zidane significa así, a pesar suyo, que quiere abandonar el campo y volver a los vestuarios. No tiene ya los medios, ni la fuerza, la energía o la voluntad de sacar adelante un último jalón, un último gesto de pura forma: la cabeza, tan hermosa, acariciada por Buffon instantes antes, le abrirá definitivamente los ojos sobre su irremediable impotencia. La forma, en ese momento, se le resiste y esto es inaceptable para un artista, son conocidos los lazos íntimos que unen arte y melancolía. Incapaz de marcar un gol, Zidane marcará los espíritus.

[...]


[i] Jean-Philippe Toussaint, El cuarto de baño

[ii] Jean-Philippe Toussaint, El cuarto de baño

[iii] Jean Strarobinski, L’Encre de la mélancolie

[iv] Freud, Un recuerdo de infancia de Leonardo da Vinci


La melancolía de Zidane (2007, fragmento), de Jean-Philippe Toussaint (Bruselas, 1957)
[Mi traducción]


La foto se tomó prestada de Ti voglio bene.

martes, 12 de febrero de 2008

Proyecto 80%






El proyecto: Llegar al 80% de participación en las elecciones generales del 9 de marzo.


La motivación
: Movilizar a todos los votantes de centro, izquierda y centro-izquierda que, endémicamente, se quedan en su casa el día de las elecciones, por apatía, derrotismo, irresponsabilidad o mala hostia.

El objetivo: Evitar mano política de los obispos, el ranciopatriotismo y la intolerancia (sí, ese concepto manido). Cada uno que añada lo que quiera a la lista.

Votando tanta gente, estamos convencidos de que no ganará la derecha.

La manifestación más numerosa de los últimos tiempos: nos gustaría verla el día 9 de marzo, en las urnas.

lunes, 11 de febrero de 2008

Sonic Boom





Sudo un mundo,
Tanto de mí mismo que no me creo.

Un segundo, tuyo,
busca una voz por aquí abajo y arriba,
reacciona a la velocidad de lo que temo.

Futbolistas melancólicos, sexo en la red.
El tabaco me da arcadas.
El vino sabe rancio.
Las bombillas no son nuevas.
Las noticias se resbalan.

Pero
sudo un mundo
cuesta abajo,
me cantan los pájaros al oído.

Hilo poco, en clave, sin laberinto.

Pues sí, ese día
metí una carpeta en mi maleta de los viajes largos.
Coloqué una combinación que creí poder olvidar.
Y no, aquí ruedan de nuevo las muescas y sus dígitos
4
23
108

Las dejo correr, no me importa qué le ocurra al mundo.
Campos magnéticos de púrpura ahogo,
que hacen y deshacen y son un experimento,
entre piedras y noches con ruidos
y tardes espesas follando,
sueños y sueños carne.

Pero
así mismo, encuentro estos papeles
y me rebelo contra la autoestima.
La autocracia.
La autoría.
La auto.auto.auto.

Y los tiro por la ventana
a la calle y sus gentes,
por si estoy enamorado,
de este amor que
no es automático
autocrático
autodefinido.

Es algo así como
los helicópteros del apocalipsis, ahora
Una caja en una fosa abisal
La huella que deja tu boca
La ternura y el tedio, y la ternura
El éxtasis de
Un cachorro que se obsesiona por otro

Pero
un paso más allá
de la velocidad de las palabras.

Me autorizo.

Es
auténtico
y terrible.

viernes, 25 de enero de 2008

François el pecador




François, el pecador. Con cada paso sobre la Rue du Panthéon, musitaba entre dientes posibles pronunciaciones de un (presuntamente) sonoro apellido escocés: McIntire. Repetía una y otra vez, McIntire, McIntire, McIntire. Esquivó a un joven en patín que escudriñaba el precio de las grosellas al paso raudo, reconoció el olor aterciopelado de la fruta en el puesto y se le atascaba entre los dientes el nombre maldito y dulce. Cruzó varios bulevares hasta encontrarse frente por frente con el edificio: cúpula de inspiración florentina, columnas titánicas, oros, negros y piedra.

Sacó un Gitanes. Lo encendió, calculando el tiempo justo que el cigarro necesitaría para prender. El tabaco crepitó al aspirar suave, y eso le recordó tardes mejores. Un paso adelante, un 11 Ligero que se detiene bruscamente, semáforo en verde, un general de la Gran Guerra sobre su pedestal.Y el sol, reflejado en la cúpula de oro de los Inválidos, se metía entre los párpados, hirviente.

Un lugar y momento ciertamente extraños para acercarse a la mujer más hermosa de su vida: la hija del embajador de Gran Bretaña. Ann McIntire acariciaba la edad en que las diferencias de edad ya dejan de tener importancia. La luz de la Ciudad de la Luz confundía el color de su pelo en tonos coralinos que soplaban detrás de su nuca. Delgadez escocesa, menudez más bien, vestida de una elegancia exquisita. Pero no exquisitez mundana, sino de texturas perfectas sobre curvas perfectas. Era de esas mujeres; qué digo, era esa mujer que contempla los ojos de sus interlocutores como si en ellos encontrara la línea del horizonte, lo único que fuera necesario mirar en ese momento. Al hablar, dejaba entreoír las pizcas de ironía o sarcasmo que había sabido aprender de su padre. Paladeaba las conversaciones como quien paladea un buen whisky. Y todo ello a una edad extrañamente inapropiada, una edad a la que las diferencias de edad dejaban de tener importancia. Todo ello a François le traía de cabeza: en un primer momento Ms. McIntire le sorprendió, agradablemente. Al rato de haberse conocido empezó a temer algo de ella, pero no sabía qué. Después de pocas horas, estaba irremisiblemente enamorado.

Todo comenzó en la fiesta de la embajada británica. François trabaja en la agregaduría cultural, así que fue cordialmente invitado. Era la primera fiesta de François en una embajada. Era también la primera fiesta de François con más botellas de champán que invitados. François se paseaba sin dar mucha importancia a los pasos que daba, recogiendo al vuelo copas de vino blanco y probando dátiles rellenos y galletas de queso (unas galletitas de queso resecas que se pegaban al paladar). Hacía más de media hora ya que sus superiores le habían presentado a sus homólogos de otras embajadas y le parecía que daba vueltas por el salón como los solteros sin lista de la compra dan vueltas por el mercado. Los rincones del salón por el que pasaba todos los días le parecían ahora ajenos, como copias, de una copia, de una copia.

- ¿Monsieur Le Boeuf? François gruñó por no haberse dado cuenta antes de que quien se dirigía a él era el embajador. Se giró bruscamente e intentó tragarse la galletita de queso reseca que tenía en el paladar.
- Excelencia, es un placer volver a verle.- Junto a él, y Javert, el agregado cultural, y una mujer (o una niña).
- Creo que ustedes dos no desentonan con la edad. – El embajador rió con su cara de espárrago. Mi hija se está cansando de conocer hombres que en sus ratos libres no hacen más que discutir sobre líneas de aguas internacionales. Háblele de París, monsieur. – Guiñó un ojo de la misma manera en que guiñaría un ojo un espárrago. Alguien lo saludó. Se excusó y marchó.

Javert levantó las cejas y se ajustó las gafas. Se adelantó tosiendo levemente. Presentó a los muchachos. Ann McIntire, la hija del embajador. Su excelencia desea que su hija conozca París a fondo. François, usted conoce bien la ciudad. Su excelencia ha pedido que la acompañe durante los días que esté aquí. Lugares importantes, pero a horas tranquilas. No la lleve a la torre Eiffel. Impresiónela. Que no se aburra, ¿entendido? Esto imaginó oir François de los labios inmóviles de Javert.

En realidad, la breve presentación que sí hizo Javert se difuminaba entre las voces que los rodeaban en la fiesta. François se preguntaba quién era esa chica y qué venía a hacer allí. Era demasiado hermosa para estar en esa reunión. Al instante, sí, con esa voz musculosa y gritona, Javert apuntó,

- Es la primera vez que Ms. McIntire tiene la oportunidad de conocer en profundidad algunos de nuestros monumentos más emblemáticos. Monsieur Le Boeuf es probablemente quien mejor conoce París en la embajada británica. Estudió arte en La Sorbona, ¿no es cierto?

François asintió sin sonreir.

- ¿Quizá le apetecería, monsieur, organizar alguna visita guiada para nuestra joven invitada? Lugares importantes, pero a horas tranquilas.

François asintió sin sonreír y sin pensar. Qué hacía ella allí. Entreabrió los labios, y, escupiendo trocitos de galleta, preguntó:


- ¿Conoce usted la tumba de Napoleón? Es enorme, maravillosamante granate. De una calidez que nunca olvidará.

lunes, 21 de enero de 2008

Y ahora, un himno



Los que somos perniciosos

brindamos sin que nos borren la tacha:

si acaso alguno se enmacha

cuando lo llaman vicioso.

Somos malditos, piratas

del cáncer, el cinismo o el sexo;

mentimos, jugamos a trata

de blancas y negras,

luces y excesos.

Tirados, mequetrefes, artistas,

solistas, incultos, tiranos,

cachondos, guapos, metemanos,

serios, graves o marxistas.

Somos los que no se mojan

bajo la lluvia,

que se desatan si lo logran

mientras caen del cielo

sonriendo borrachos

bien antes de lamer el suelo.

Somos lo que quizá tú no seas,

vemos lo que jamas tú veas,

escupimos sangre o licores

de amor y volcanes,

y vicios y panes,

segundos, insultos con flores.

viernes, 18 de enero de 2008

Anfitriona de casa de campo en algún lugar entre Grenoble y Valence, en Francia (años después, en Madrid)

Fue una mujer que traía algo de almendra y novedades.
No era mi madre, mi amante
ni mi hija.

Me pegó un balazo en la espalda de los ojos,
en la parte alta del puente,
donde se unen la nariz y los recuerdos.
Fue una aparición mariana que levantaba olores
bajo la hojarasca y tras las alfombras.
Sus ojos caídos, su foulard verde y enorme,
unos pantalones atigrados.

Corriendo calle arriba (yo tarde al trabajo),
durante media mitad de un segundo.

Como si hubiera sido la dueña de una casa húmeda,
camino de un bosque, donde dormí durante unas
vacaciones, cuando todavía era pequeño.
(Ella era más divertida entonces).

La reconocí, no cabía duda.

Y me quedo con su rostro en la memoria, y mientras
calculo la hora de salida de los trenes,
y el ángulo de abertura de los elásticos,
le cuento a alguien que, por fin, la vi.