jueves, 8 de noviembre de 2007

Pyxidium

Iván Rivas vuelve por sus fueros con un microcorto de apenas tres minutos y medio: Pyxidium. No sé si recordaréis, pero hace algunos meses presenté en este blog su primer trabajo, Hikikomori, que no se presentó a concurso alguno pero tuvo un lucido estreno en un conocido bar madrileño...



Iván tiene un pequeño universo inquietante y doloroso que poco a poco toma forma. Narrativamente le quedan caminos que recorrer, pero, en mi opinión, la factura de sus trabajos es estremecedora.

Con Pyxidium, Iván ha sido seleccionado en NoTodoFilmFest, junto con algunas decenas de microcortos más. Podéis verlo ahí, descargarlo y dejar la crítica que os valga. Disfruten a discreción.

martes, 30 de octubre de 2007

Les pétroleuses

Lo menos que Serge esperaba esa noche desleída de junio era una llamada desde España. Al otro lado de la línea una voz bien conocida, quebrada por el orgullo. BB lo dejaba, sin más (antes, las gestiones por teléfono era mucho más sencillas que ahora: fulminantes). Llamaba desde un lustroso hotel sesentero de playa, La Parra, en un pueblo cualquiera con nombre de agua dulce. Andaba por esa esquina del continente rodando una película con Claudia Cardinale, Las Petroleras, un western femenino y risueño. Quizá al lado de ella, apoyada en el quicio de la cabina, estaba la otra petrolera, la italiana, dándole ánimos como una adolescente compañera de cabalgada. Quizá por eso, o por sentirse muy lejos de él, muy al sur. Tan al sur que por mucho que Serge hundió la voz hasta los codos, sólo recibió del teléfono un silencio intermitente.


Para allá me voy yo ahora mismo, a reirle la gracia a la Bardot (y llorarle un poco al pobre Serge), buscando irremediablemente, como siempre, mi esquina dorada del sur este, de este sur.


Une nuit que j'étais
A me morfondre
Dans quelque pub anglais
Du cœur de Londres
Parcourant l'Amour Mon-
Stre de Pauwels
Me vint une vision
Dans l'eau de Seltz

Tandis que des médailles
D'impérator
Font briller à sa taille
Le bronze et l'or
Le platine lui grave
D'un cercle froid
La marque des esclaves
A chaque doigt

Jusques en haut des cuisses
Elle est bottée
Et c'est comme un calice
A sa beauté
Elle ne porte rien
D'autre qu'un peu
D'essence de Guerlain
Dans les cheveux

A chaque mouvement
On entendait
Les clochettes d'argent
De ses poignets
Agitant ses grelots
Elle avança
Et prononça ce mot :
Alméria...!




domingo, 14 de octubre de 2007

Ligera poesía despechada y tropical

Esto fue para X.


Órdago a grandes

No seré el primero ni el tercero
en gritar puta y después te quiero


¡Qué cojones
ni que escuela de Sabina o corazones!
Carlos Chaouen y su flema
no resuelven mis amores

Cuatro pibes o tres reyes
más la una no me salen
Es verdad que en el Caribe
estos juegos ya no caben

Ahí detrás de la jutía
sembré un ramo de mameyes
llegué tarde el quinto día
y se lo comién los careyes

No me reprochen así
que haya caído de nuevo;
la tercera y no vencí,
pero de ésta saldré entero.


Soneto con restregón

Con el bisturí de tu enseñanza
me abriste en canal las penas
nunca quise pensar mal
ni cortarme la melena

Ya vacié los armarios
cerradas van las maletas
este año seré asceta
fiel, gélido o incendiario

No me importa que te hayas
acostado con doscientos
Siempre que puedo me invento

las mentiras que no callas
No me mata que te vayas
si me crees cuando te miento

El olor que secó el viento
me trae tu coño canalla

sábado, 13 de octubre de 2007



Replico a NáN: los amigos, cada vez más extensos, más viejos, más primos. Cada vez menos guerra, cada vez más trinchera. Ahí me gustaría estar, codo con codo. Sí, definitivamente, parece que hay cosas que van bien. Abrazos a discreción.

viernes, 7 de septiembre de 2007



Melancolía, de Julio Alfredo Egea (Chirivel, Almería, 1926), de su libro Desde Alborán navego (2003).

jueves, 16 de agosto de 2007

sábado, 14 de julio de 2007

Cuánto ruido fuera


Cuánto ruido fuera,
ruido de sol y de maleza,
de letras que entrechocan
como sables mal afilados.
La galería inundada
con una normalidad de macetas.

Cuánto silencio dentro
esta mañana calma.
Los brazos apoyados en
la baranda
(de acero negro, aún frío)
que sujeta a una soledad
mimada y torpe.

Tu beso como el vaho leve
de los vencejos de ayer tarde,
lejano, atravesando la meseta,
anidando en mi boca,
tan jugosa a veces de ti,
tan mezquina, a veces, de mí mismo.

Cuanto ruido, a veces, en la calle;
pararse en el silencio antiguo.

Vuelvo adentro, a la cocina,
la vieja mesa tapizada de restos de vino,
de mapas con pepitas de melón pegadas,
de poemas mojados, de cartas del banco,
de postales, siempre postales
urgentes de ciudades cercanas.

Extiendo los brazos, y, lentamente,
empujo las cosas hasta que caen,
y aparece, bajo el barniz, la esquina
donde grabábamos nuestros nombres,
y dibujábamos, silenciosos, el vacío
callado en que todo nos cabe.


La foto es de una corrala en Lavapiés y la hizo Lara

domingo, 8 de julio de 2007

La música innombrable

Más música de un género al que no sé ponerle nombre (y falta no hace, postbrit?, nouveau-80's?, neoglam?).

Más música que, sospechosamente, llena las salas de conciertos con gente cinco años más joven que yo. Es como cuando vas en bici y alguien te lanza a destimpo las llaves de casa desde lo alto del puente. Llueven temas, bandas y conciertos a mis espaldas. Mi hermano (y otros) me los tiran desde lejos o cerca y yo me sigo emocionando, pero no los veo llegar, no sé cómo se llaman, ni cómo se encuadra su música. Un mínimo de distorsión de guitarra, o ni eso, da igual, yo ya disfruto como (o más que) los que tienen cinco años menos.

Caesars, banda sueca que comenzó aparentemente como un grupo de garage-rock y derivó en el pop post-Oasis, con marcas distintivas como los melismas inconfudiblemente británicos y riffs transparentes y mántricos (de guitarra u organillo) que se vienen repitiendo en todos los grandes temas de esta nueva hornada de pop innombrable. Muse, clásicos ingleses, abrieron camino, pasan más de lo brit y se oscurecen en los mantras ochenteros, progresivos, teatrales (¿puñaíto de gótica?).

Qué manera esquizoide, de verdad, de interpretar la actualidad musical extranjera (si podemos llamar actualidad al 2001). Cualquier chaval que compre la Mondosonoro pensará, con toda la razón, "¡de qué está hablando este tío?" Me da igual, en realidad, ponerle nombre a todo esto, es la personalísima interpretación de un ya joven adulto que nunca supo de música, que no tiene tele y que pasa sus fines de semana en el campo.

Me basta saber que en un par de clics estaré de nuevo en contacto con lo eléctrico, rodeado de gente gritando cosas incomprensibles en un concierto de una sala que ni conocía:





Jerk it out, de Caesars, de su disco Paper Tigers (2005)





Plug in Baby, de Muse, de su álbum Origin of Symmetry (2001)

sábado, 9 de junio de 2007

Berlín

Madrid-Barajas
5:45AM


Hace apenas hora y media nos estábamos dando codazos bajo la manta de lana inglesa para ver quién apagaba la alarma del móvil. Con un movimiento de autómata mal calibrado nos hemos chocado un par de veces en la cocina, hemos hecho café, nos hemos lavado los dientes y nos hemos vuelto a chocar un par de veces más. Luego nos hemos dado cuenta el uno del otro y nos hemos mirado de lejos con los ojos chicos. Luego nos hemos abrazado y hemos bebido un café viudo, vívido, a sorbitos.

La calle olía a levantarse temprano (demasiado temprano). Qué diferencia entre el Madrid borracho a las cinco y media y el Madrid sobrio a las cinco. Se es más consciente del vacío de los carriles, del húmedo del asfalto, de la velocidad del taxi y de los amores, del ceño fruncido del sol que amenaza.




Ya estamos en Barajas. La gente tiene mucho sueño. Lara, aterrada en la cola del escáner al comprobar que hay que descalzarse: “Miguel, llevo un calcetín verde y el otro rosa fucsia”. Rebusco en la bolsa la cámara con ansia, pero no me da tiempo. Luego nos aterramos (los dos), no sin sentimiento de culpa, al comprobar que en nuestro mostrador de facturación esperan cuatro tipos con hechuras de muyahiddin. En un vuelo a Casablanca (el que nos espera en mayo) vale, pero camino de Berlín, no. No podemos evitar un leve ardor en el corazón (y caemos en la cuenta de cuánto miedo tenemos todos). Ahora sólo queremos beber agua, y planear suavemente cerca de los lagos y parques de Berlín.


Sunflower Hostel, Berlín
11:30AM

Recién aterrizados, hemos decidido inaugurar nuestro viaje fumándonos cigarro sentados en un banco a la entrada del aeropuerto de Schönefeld, banal y lentamente. Lara me ha confesado el motivo de su desasosiego. No eran los muyahiddines, ni el vuelo, ni el extranjero: “Miedo me da. En las bragas”. No me ha sorprendido que no me lo dijera antes. Habríamos estado los dos muertos de nervios (por cierto, que en cualquier caso mi atención habría estado fijada en la pandilla de ulemas; aún ahora siento la alegría de estar la suficientemente vivo como para haber disfrutado de esta tersa cama del Sunflower).







Sexo de verano en Berlín. Vacaciones en Lara. La ciudad nos ha saludado a manotazos. Primero, un aeropuerto insulso. Después un tren perezoso y finisecular por un paisaje plano, en todos los sentidos. Luego los edificios, como fotografías en sepia de varias dimensiones, tristes y ordenados, de vejez con hormigón sin mácula. Se asoman a las ventanillas del tren con austeridad implacable. La tapicería de los asientos, por su lado, es una psicodelia rosa: este contraste es el primero que viene a los ojos y sirve para entender lo que llega después: la explosión. Luego, la explosión. Una fruta de ladrillo, raíl, verde y graffiti reventada contra el muro de hambre y miedo de la Historia. Entre sus gajos (soleados) y su piel (nubosa) pasean con ahínco y orgullo casero berlineses insectos de sangre caliente. Bajamos del tren en Warschauer Strasse y nos abordan, nos invitan, nos llaman. Un coreano ha montado una floristería en un rincón que deja libre el andén. Dos chicos españoles de visita compran plantas y comparten nuca. Entre ellos, hombres y mujeres de belleza mórbida (góticos, alemanes, arias, turcos, hippies, mods, skins), de un color tan matizable como el que da Madrid, pero más joven, más gritón, más de insecto sepia fluorescente.







Eso son los berlineses que hemos visto por ahora: jóvenes que han tirado el muro a gritos, o son los hijos de la prisa de ése júbilo. Ponen caliente a Europa Central con paso, ojos, pose, carne, destino revolucionariamente auténticos. Qué lujo que sean tantos, casi la cuarta parte de la ciudad tiene menos de veinticinco años.

El hostal está en un viejo edificio reformado del Berlín Oriental. Hay un pequeño estanque con un pez rojo a la entrada y un gran sofá negro de skay. En todo el techo de la sala han fijado un fieltro verde del que cuelgan flores de plástico y perros de peluche boca abajo: vivimos suspendidos sobre un parque alemán. En toda la estancia, amplias mesas de madera y luego el bar-recepción. La lavandería es también sala de máquinas submarina y en ella, comparten espacio lavadoras plateadas y ordenadores con conexión a Internet. Y un futbolín. Las paredes, de púrpura y azul masivo, marino, están dibujadas con peces enormes, pulpos y el yellow submarine de los Beatles. Y hay una máquina de tabaco en la que hace falta meter el pasaporte siquiera para que te dé los buenos días. Y un chino en un sofá, elegante de iPod, recién duchado y esperando su colada (lee a Paulo Coelho en su idioma; así viajan los chinos con dinero).


En el aire, algo parecido a Tiger Lilies y luego algo que recuerda a The Mamas and the Papas: tonos desvaídos y música lánguida para un lugar desconcertante. Fuera los trenes y las pintadas y tras la barra, alguien nuevo cada día. Ni rastro de Iratxe, la catalana que nos recibió a nuestra llegada. Ahora manda en el bar una chica grande, sombreada la cara de verdes y naranjas, un ojo azul y otro avellana. Como Bowie, mucho más que Bowie, que campea en un enorme póster tras ella, anunciando su concierto frente al Reichstag en 1987.


La habitación es sencilla, una ventana a ninguna parte, una cama amplia (silenciosa). Los pasillos hierven de adolescentes en viaje de estudios (por suerte esto ha cambiado y hoy jueves llegan durante el desayuno grupos de veinteañeros italianos, españoles, de ojos muy abiertos) que dejan flotando en los baños un vaho de sudor de niño, regla nueva y caliente y gimnasio de colegio mal ventilado. Veremos qué nuevos aires traen los recién llegados (Nota: el chino de la lavandería ha desaparecido).




Sachsenhausen
12.30PM

Lara se pinta con cuidado para visitar el campo de concentración y quiere llegar en bici.

El campo de concentración de Sachsenhausen está en Oranienburg, un pueblo en los alrededores de Berlín, situado al noroeste de le ciudad. Los cuarenta y cinco minutos de tren han pasado rápido, entre suburbios, bosques y casas mínimas de madera con jardines astrosos y banderas de la Alemania reunificada (y de la democrática, y de los estados confederados de América del Norte). Al salir de la estación en Oranienburg, de nuevo los grupos de adolescentes sudorosos y oblicuos. Al pasar junto a ellos, ni nos miran. Los que lo hacen parecen gritarnos, qué sabrás tú, no has tenido dieciséis años en tu vida, eres además extranjero, de Alemania y lo que somos y hemos sido no sabes más que lo que has visto en Fuengirola.
En el tren, antes, hay un hombre mayor y mal vestido, con cara de idiota simpático que a la mínima nos chapurreó en español: borracho im Majorca, haha. Es agradable. Nos asegura que es berlinés oriental de pura cepa y que el Berlín occidental es horrible. Se levanta en Hackermarkt Strasse y se despide con un hasta luego pronunciado a la virulé. Sonreímos.

Todo esto de camino a Sachsenhausen. Un campo de concentración en un pacífico suburbio berlinés con cafetería hortera incluida (un café disfrazado de achicoria). La soledad hecha horizonte y pared. La fascinación de la muerte, su vergüenza, su reconstrucción borrosa. La soledad nuestra en mitad de un solar de terror, paseando con indiferencia entre hormigón y lápidas cubiertas de piedras votivas. Y en la puerta de entrada Arbeit macht frei esperándoles, como un improbable Mickey Mouse a las puertas de esta Disneylandia fría, pútrida y solitaria.

Tetuán, 19:35

Me emociona, a diario, el hombre del acordeón.
Simplemente: me hace detenerme, mirar.
Lo encuentro cada día sentado en el mismo sitio,
junto a un paso de cebra sobre Bravo Murillo.
Su sonrisa parece tan falsa
que en verdad no debe de, no puede serlo.
Tiene la piel cuarteada
y del color de los zapatos viejos
y la nariz puntiaguda
(desgastada:
quizá a su mujer le encantaba besársela
y se la besaba,
se la besaba una noche moldava tras otra
hasta que menguó la nariz
como helado de una sola bola).
Tiene una sonrisa estampada en la cara
que se bambolea sobre el fuelle
de su acordeón destrozado.
Siempre la misma sonrisa sin mácula,
sin fallo.
Siempre me desvío unos metros de mi ruta apretada
del semáforo a la boca,
siempre la misma moneda.
Me agradece
siempre con la misma frase,
siempre me enseña el mismo agujero rosa
y amarillo entre sus dientes.
Nunca es la misma canción la que suena,
aunque todas se parecen tanto.
Todas me gustan.
Todas las respiro como quien
toma aire para aguantar mucho rato bajo el suelo de Madrid.

Soy yo mismo
el que se acerca a pedirle limosna
(sin sonrisa en la boca,
con monedas en la mano).